Armenia, tierra mártir, de nuevo castigada por el Islam

 Ha estallado una nueva guerra por el control de la pequeña región montañosa de Nagorno-Karabaj, entre Armenia y Azerbaiyán, uno de los muchos conflictos “congelados” y nunca resueltos por completo entre las antiguas repúblicas soviéticas. También sabemos que, incluso en este caso, está involucrado el expansionismo de Turquía, que ahora tiende a presionar en todas sus fronteras y que, en el Cáucaso, es el protector de Azerbaiyán, una república gobernada por una oligarquía cuya base es una familia, los Alyiev, y que es de mayoría musulmana chiíta, por lo tanto tendría que estar protegida por Irán que, por su parte, parece apoyar ahora a Armenia, junto con Rusia.

Cuando la Unión Soviética se disolvió, muchas de las repúblicas que la integraban obtuvieron la independencia. Sin embargo, sus fronteras no reflejaban la composición étnica del territorio. De hecho, los armenios no estuvieron históricamente presentes solo en la actual Armenia, sino que constituyeron una gran minoría, a veces incluso una mayoría real, en territorios fuera de la actual República Armenia: en el oeste de Armenia, una zona que después de la Primera Guerra mundial había sido asignada a la República de Armenia pero fue conquistada militarmente por los turcos; en el sur, en Najicheván, que les fue arrebatada a los armenios por Azerbaiyán; en el norte, Javakhetia, ocupada por Georgia; en el este, que es la actual República de Artsaj, también conocida como Nagorno-Karabaj, que también formaba parte oficialmente de Azerbaiyán pero que en 1993, con la ayuda de Armenia, obtuvo la independencia, una independencia, sin embargo, nunca reconocida a nivel internacional.

Hay que remontarse en el tiempo para ver el origen del conflicto. Después del genocidio armenio de 1915-16, Armenia declaró su independencia en 1918. Desde entonces, lamentablemente, no han faltado masacres, tanto de azeríes por parte de los bolcheviques de la Armada Roja, quienes pretendían ocupar todos los territorios que luego serían parte de la Unión Soviética, como también de armenios por parte de azeríes y turcos, cuando la Armada Roja, que hasta entonces había protegido a los armenios, se retiró del Cáucaso y volvió a dejar el territorio en manos de los otomanos. Y los otomanos reconquistaron Anatolia oriental y parte de Armenia, se establecieron en las cercanías de Azerbaiyán y crearon allí el Ejército del Islam, bajo el liderazgo de Enver Pasha. Dondequiera que llegaban los otomanos y el Ejército del Islam, formado principalmente por azerbaiyanos, los armenios eran exterminados: se habla de una cifra de entre 50.000 y 100.000 armenios asesinados en ese momento en el Cáucaso y unos 70.000 después de 1920 en Anatolia oriental, cuando el fundador de la Turquía moderna, Kemal Atatürk, rechazó el Tratado de Sèvres, que le asignó a Armenia fronteras  mucho más amplias que las actuales, y ocupó militarmente aquella región.

Luego llegaron los soviéticos, quienes, de 1920 a 1991, fueron dueños de todo el Cáucaso, controlando tanto Armenia como Azerbaiyán, y congelaron el conflicto con las metodologías que siempre siguió Stalin: ateísmo de estado, desplazamientos forzados de cientos de miles de personas y asignación injusta de territorios a una República de la Unión y no a otra. Tenemos un ejemplo de esto en Ucrania, con Crimea, pero también en Moldavia, con Transnistria. Pero ninguna de estas soluciones artificiales, y mucho menos la negación de cualquier peculiaridad nacional, logró resolver el problema, tanto que en 1988 el Soviet de Nagorno-Karabaj votó por la reunificación con Armenia, algo que no fue aceptado por el Politburó ni por los azeríes. Y así, aún más masacres y pogromos para avivar el conflicto.

Como consecuencia de todos estos conflictos, aparte de los millones de muertos, Armenia ha perdido numerosos territorios en los que los armenios eran mayoría y, sobre todo,  ha perdido su soberanía sobre su montaña sagrada, el Ararat. 

 El presidente de la República Armenia de Karabaj habló de un verdadero choque de civilizaciones, declarando: “Esta no es una guerra entre Karabaj y Azerbaiyán, o Armenia contra Azerbaiyán. Es una guerra directa de Turquía, en la que unos cientos de mercenarios se ponen del lado de 10 millones de azeríes y contra 3 millones de armenios”. Y parece que tiene razón. De hecho, Turquía está reclutando mercenarios islamistas en Siria para enviarlos a luchar en el exterior, como hizo en Libia, sin exponerse directamente. Azerbaiyán quiere reconquistar una tierra donde los cristianos armenios han vivido durante milenios y que para ellos es parte de su patria.

Durante más de un milenio, Armenia ha estado sufriendo persecuciones y guerras, desde que aceptó el cristianismo como religión. Primero los persas les persiguieron, luego otras naciones y tribus, hasta la llegada de los otomanos que, con su Imperio, conquistaron e incorporaron todos los territorios circundantes. Y eso que originalmente hubo un Imperio armenio que llegó a las fronteras de Egipto, Grecia y Persia en el 140 a. C. Era un imperio rico en cultura, una cultura compartida con los pueblos vecinos, a diferencia del Imperio otomano, que invadió, conquistó y saqueó todos los territorios en los que apareció, manchándose continuamente de sangre, en Oriente medio como en el Cáucaso o en Europa.

Pero sin duda lo que marcó un hito en esta historia de mártires es el gran genocidio, lo que los armenios llaman Mezd Yeguern, y que supuso el exterminio a manos de los turcos de más de millón y medio de armenios en su propia tierra. Hoy Armenia conserva sólo una parte de su tierra ancestral, con su capital Erevan que en 2019 celebró sus 2.800 años de existencia, pero aún eso le quieren quitar sus enemigos del Islam.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La mentira está admitida en el Corán

El apoyo de los católicos al Israel moderno

La izquierda pierde su supuesta superioridad moral