Veo con admiración que Australia lleva tres décadas de crecimiento continuo, que apenas le afectó la crisis de 2008, y que de la presente pandemia, que sólo le ha afectado muy levemente, se recuperará previsiblemente el próximo ejercicio. Las recetas, que empezaron a implementar a principios de los 90 gobiernos laboristas y continuados por los que les sucedieron liberal conservadores, son muy sencillas: liberalización económica (es el cuarto país del mundo con mayor libertad económica), bajadas de impuestos, de aranceles… o un ambicioso plan de pensiones en buena parte privado que asegura una jubilación sin sobresaltos, entre otras medidas.

 Prácticamente el tiempo que el país de nuestras antípodas lleva prosperando, es el que llevamos en España de democracia -en realidad, cuatro décadas-, periodo en el que hemos pasado de ser la 8º potencia industrial del mundo, puesto alcanzado durante el anterior régimen, al 36º que ocupamos en la actualidad. Y eso sin entrar en la asfixiante presión fiscal, paro, deuda pública desorbitada que es el legado lastrante que dejaremos a nuestros hijos, paro rampante y un largo etcétera. En definitiva, un panorama desolador.

 Y yo me pregunto,  ¿qué estamos haciendo mal?.  No soy un experto economista, ni muchísimo menos, y ya entiendo que no hay recetas fáciles, pero basta un poco de sentido común: un sistema autonómico que solapa competencias y dedicado a preservar los reinos de taifas y los chiringuitos montados por los partidos (por no hablar de la destrucción de España, la persecución a la lengua común a todos, el español y otras cuestiones no estrictamente económicas); empleo público sobre dimensionado, excesiva regulación, impuestos (ahora el Gobierno quiere aplicar el 21% a la sanidad y enseñanza privadas, medida que no aplica ningún país de la UE), las televisiones y radios públicas y subvenciones a medios afines para loa del político de turno… en fin, resultaría muy prolijo desgranar todo lo que llevamos casi cuarenta años haciendo mal -los que nos lleva Australia de ventaja, cuyo bagaje resulta admirable-, y lo peor de todo, es que no hay visos de que vaya a cambiar. No, desde luego, en un plazo inmediato.

 El problema no son los gobiernos de izquierda (el PSOE, tristemente no es una socialdemocracia al estilo de los países de nuestro entorno), sino los de derechas, que pudiendo revertir la situación y liberalizar nuestra economía, no lo han hecho cuando han tenido la oportunidad, o al menos, no con la decisión que hubieran debido hacerlo. Siempre con una mirada cortoplacista y muy timorata, por ejemplo, el anterior Ejecutivo de Rajoy no se atrevió a “meter la tijera” con decisión en el gasto público, y ahí sigue nuestra deuda pública.

 Ese es el gran problema de nuestra democracia, que no hay un liderazgo que se atreva a acometer las reformas que realmente necesitaría nuestra Economía

 

 

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