Jesús hizo todo lo posible por redimir a Judas
Extractos de las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerich (17741824) sobre los acontecimientos del Jueves Santo, redactadas por el escritor Clemente Brentano (17781842) y recogidas en el volumen La amarga Pasión de Cristo (Voz de Papel), en traducción de José María Sánchez de Toca Catalá.]
La última cena pascual
Cuando se hizo la hora y ya había llegado Judas, prepararon las mesas. Cambiaron de calzado, se pusieron la ropa de viaje ceremonial que estaba en el vestíbulo, una ropa blanca parecida a una camisa, y por encima un manto que era corto por delante y largo por atrás; se subieron la ropa hasta el cinturón y se remangaron las amplias mangas. Cada grupo fue a su mesa; los dos grupos de discípulos, en las salas laterales y el Señor, con los apóstoles en el Cenáculo. (…)
La mesa era estrecha, y de alta, más o menos, medio pie más que la rodilla de un hombre en pie; tenía forma de sector de círculo. Enfrente de Jesús, en el lado interior del semicírculo, había un sitio libre para que pudieran servir. Si me acuerdo bien, a la derecha de Jesús estaban Juan, Santiago el Mayor y Santiago el Menor; luego, en el lado estrecho de la mesa, Bartolomé y junto a él, en el lado interior de la mesa circular, Tomás y a su lado Judas Iscariote. A la izquierda de Jesús estaban Pedro, luego Andrés y Tadeo; en el extremo de la izquierda, Simón, y junto a él, en el lado interno de la mesa, Mateo y Felipe. (…)
Después de la oración, el maestresala puso en la mesa delante de Jesús el cuchillo de trinchar el cordero pascual. Colocó delante del Señor una copa de vino y llenó con su jarra las seis copas que estaban entre cada dos apóstoles. Jesús bendijo el vino y bebió; cada dos apóstoles bebieron en la misma copa. El Señor distribuyó el cordero; cada apóstol le acercaba su panecillo con una especie de pinzas y recibía en él su parte. Comieron muy deprisa, troceando la carne con los cuchillos de hueso. Después quemaron los huesos. Comieron también muy deprisa los ajos y las hierbas verdes mojando en la salsa. Comieron el cordero pascual de pie, apoyándose solamente un poco en el respaldo del asiento. Jesús rompió uno de los panecillos, reservó una parte y distribuyó la otra. (...)
ebieron de dos en dos y después cantaron; luego Jesús rezó o enseñó. Enseguida se lavaron otra vez las manos y sólo entonces ocuparon sus sitios; todo lo anterior lo hicieron de pie y muy deprisa, solo al final se apoyaban un poco. (…)
Al principio, mientras comían, Jesús hablaba afectuosamente con ellos; pero después se puso más serio y triste y dijo:
-Uno de vosotros me traicionará; uno cuya mano está conmigo en esta mesa.
Jesús estaba repartiendo a un lado de la mesa una de las hierbas, en concreto lechuga, de la que sólo había un plato, y ordenó a Judas, que estaba frente a Él y en oblicuo, que la distribuyera al otro. Todos se espantaron mucho cuando habló del traidor y dijo:
-Uno cuya mano esta conmigo en la mesa o cuya mano moja conmigo en la fuente.
La frase quiere decir: “Uno de los doce que comen y beben conmigo; uno con el que parto mi pan”. Jesús no traicionó a Judas delante de los otros, pues mojar con la mano en la fuente era una expresión que indicaba la mayor intimidad. Sin embargo, quería dar con ello un aviso a Judas, que realmente estaba mojando la mano con él en la misma fuente para repartir la lechuga. Jesús añadió:
-En verdad el Hijo del hombre se va según está escrito; pero ¡ay del hombre por el cual será traicionado el Hijo del hombre! Mejor para él hubiera sido no haber nacido.
Con esto los apóstoles estaban muy agitados y preguntaban a porfía:
-Señor, ¿soy yo?
Pues todos sabían que no le comprendían bien del todo. Pedro se inclinó hacia Juan por detrás de Jesús y le indicó por señas que preguntara al Señor quién era el traidor, pues él, que recibía frecuentes reconvenciones de Jesús, tenía miedo de que el Señor pensara que era él. Juan estaba a la derecha de Jesús y, reclinado como todos sobre el brazo izquierdo, comía con la mano derecha. Así tendido, su cabeza estaba cerca del pecho de Jesús. Acercó más la cabeza al pecho de Jesús y le dijo:
-Señor, ¿quién es?
Entonces supo interiormente que Jesús pensaba en Judas. No vi que Jesús dijera con los labios:
-Éste al que le doy el pan que he mojado.
Tampoco se si Jesús se lo dijo a Juan en voz baja; pero Juan lo supo cuando Jesús mojó en la salsa el pedazo de pan envuelto en lechuga y se lo acercó con mucho amor a Judas, que también preguntaba:
-Señor, ¿soy yo?
A lo que Jesús le miró con amor y le dio una respuesta en términos generales. Esta era una muestra usual de amor y confianza, que Jesús hizo de corazón y con todo amor para avisarle sin traicionarle delante de los demás, pero en su interior Judas estaba completamente furioso. Durante toda la comida ví a sus pies un pequeño monstruo que a veces le subía hasta el corazón. No vi que Juan dijera a Pedro lo que le había sabido por Jesús, pero le miró y le tranquilizó.
El lavatorio de los pies
(...) Cuando acabaron, Jesús le encargó que hiciera llevar agua al vestíbulo y el maestresala abandonó la sala con los criados. Jesús estaba ahora de pie en medio de sus apóstoles y les habló solemnemente bastante rato. (…)
Este discurso fue largo y solemne y al terminar, Jesús envió a Juan y Santiago el Menor al vestíbulo a buscar el agua que había mandado traer, y mandó a los apóstoles que pusieran los lechos en semicírculo. Luego se fue al vestíbulo, se quitó el manto, se puso una toalla alrededor del cuerpo y se la ciñó de modo que colgara el extremo más largo.
Mientras tanto, los apóstoles tenían como una especie de parloteo y hablaban todos a la vez de quién de ellos tendría el primer lugar, ya que el Señor había expresado con tanta seguridad que iba a dejarlos y que su reino estaba próximo. (…)
Jesús entró muy humildemente por la puerta de la sala y con pocas palabras reprendió a los apóstoles por su disputa; les dijo, entre otras cosas, que Él mismo era su servidor y que debían sentarse para que pudiera lavarles los pies.
Los apóstoles se sentaron en los cojines de los lechos que servían para reclinarse y pusieron los pies desnudos en los cojines del asiento. Los lechos estaban en semicírculo y los apóstoles estaban sentados en fila en el mismo orden que en la comida. Jesús iba de uno a otro y con su mano echaba agua de la palangana que Juan le sostenía por debajo a los pies que iban adelantando uno tras otro; luego tomaba con ambas manos el extremo de la toalla que llevaba ceñida y con ella frotaba y secaba los pies. Luego se acercaba al siguiente con Santiago, mientras Juan vaciaba el agua usada en el cántaro del centro de la sala y volvía a acercarse al Señor con la palangana vacía. Entonces Jesús volvía a verter agua del cántaro de Juan sobre los pies de otro apóstol, el agua caía en la palangana de Santiago el Menor y volvía a hacer como antes.
Durante toda la cena pascual el Señor había estado extraordinariamente emocionado y amistoso, y así también estuvo, completamente lleno de amor, durante el humilde lavatorio de pies. No lo hizo como una ceremonia ino como un acto santo de amor de corazón, con el que también expresaba su amor. (...)
El lavatorio de los pies fue espiritual y una especie de absolución, pero Pedro, con su celo, lo tomó como una gran humillación de su Maestro. No sabía que al día siguiente, Jesús, para ayudarle, se humillaría hasta sufrir por amor la ignominiosa muerte de cruz.
Cuando Jesús lavó los pies a Judas estaba insólitamente cordial y afectuoso, apretó su cara contra los pies de Judas y le dijo en voz baja que reflexionara, que ya hacía un año que era traidor e infiel. Pero Judas no parecía querer prestar atención y hablaba con Juan. Entonces Pedro se enfadó y le dijo:
-¡Judas, el Maestro habla contigo!
Entonces Judas dio a Jesús una respuesta vaga y evasiva, como:
-Señor, ¡Dios me libre!
Los demás no se habían dado cuenta de que Jesús hablaba con Judas, pues hablaba bajo para que no le oyeran y además estaban ocupados en ponerse las sandalias. La traición de Judas fue lo que más afligió al Señor de toda su Pasión. (…)
Institución del Santísimo Sacramento
(…) Jesús se colocó entre Pedro y Juan, las puertas estaban cerradas; todo se volvió misterioso y solemne. Cuando sacaron el cáliz de a bolsa y se la llevaron a la parte separada de la sala, Jesús oró y habló solemnísimamente. Vi que Jesús les explicó la Cena y toda la ceremonia; me pareció un sacerdote que enseñara a otros a decir misa
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