Votaire y Cristo
El viejo Voltaire, que desconfiaba de tantas cosas excepto de su propia inteligencia, dejó una frase extraordinaria: «Juzga a un hombre por sus preguntas más que por sus respuestas».
Resulta curioso que una de las mejores definiciones de la grandeza humana proceda de un hombre que dedicó buena parte de su vida a combatir todo aquello que respondía a las preguntas más profundas del hombre.
Sin embargo, tenía razón.
Las respuestas suelen dividirnos. Las preguntas nos unen.
Las respuestas son el territorio de las ideologías. Las preguntas pertenecen a la condición humana.
Todos conocemos hombres que tienen una respuesta para todo. Son los más peligrosos. Han explicado el universo, la economía, la política, la educación de los hijos y hasta el misterio de Dios. El problema es que normalmente no han entendido ninguna de esas cosas.
En cambio, el hombre verdaderamente sabio es el que sigue haciéndose preguntas.
Por eso la respuesta más importante de la Historia es una pregunta. Es un grito.
Un grito pronunciado desde una cruz.
«Padre, ¿por qué me has abandonado?»
Si aceptáramos el criterio de Voltaire, deberíamos juzgar a Cristo por esa pregunta.
Y entonces descubriríamos algo extraordinario.
Porque no es la pregunta de un filósofo sentado en una biblioteca.
No es la pregunta de un profesor de teología.
Ni siquiera es la pregunta de un creyente cómodo.
Es la pregunta del hombre cuando llega al límite.
Es la pregunta que aparece junto a la cama de un hospital.
La pregunta que surge ante una tumba.
La pregunta que brota cuando se rompe un matrimonio, fracasa un proyecto o desaparece un hijo.
Es la pregunta de Job.
La pregunta de David.
La pregunta de millones de hombres y mujeres a lo largo de los siglos.
La gran novedad cristiana consiste en que Dios no responde a esa pregunta desde el cielo.
La pronuncia Él mismo.
Ninguna religión se había atrevido a imaginar algo semejante.
Los dioses paganos exigen sacrificios.
Los filósofos explican el sufrimiento.
Los ideólogos lo justifican.
Sólo Cristo lo comparte.
En el Calvario no vemos a un Dios observando el dolor humano desde una distancia infinita.
Vemos a Dios entrando en él.
La modernidad ha producido innumerables respuestas al problema del sufrimiento. El marxismo, el positivismo, el cientificismo, el psicologismo y otras religiones seculares han prometido explicarlo todo.
Y, sin embargo, cada vez que un hombre entra en una habitación donde alguien acaba de morir, todas esas respuestas parecen encogerse de repente.
La pregunta permanece.
Cristo la deja intacta.
Pero al pronunciarla la transforma.
Porque desde aquel instante ningún hombre puede decir que Dios ignora lo que significa sentirse abandonado.
La paradoja cristiana es ésta: la pregunta no desaparece, pero deja de estar sola.
Voltaire creía que un hombre debía ser juzgado por sus preguntas.
Si es así, ningún hombre ha formulado una pregunta más profunda que la de Cristo.
Porque en ella caben todas las preguntas de la humanidad.
Y porque sólo quien conoce la respuesta puede permitirse cargar sobre sí la pregunta de todos.
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