El martirio de San Maximiliano Kolbe en el campo de concentración de Auschwitz

 Cada 14 de agosto, la Iglesia recuerda a San Maximiliano Kolbe, canonizado el 10 de octubre de 1982 por el Papa Juan Pablo II.

El santo franciscano es hoy conocido especialmente por el heroico ofrecimiento de su vida como moneda de cambio para salvar a Franciszek Gajowniczek, prisionero de Auschwitz con familia, lo que le valió el sobrenombre de “mártir de la caridad”. Una virtud por la que sentía especial predilección y que trató de vivir no solo en el plano material, sino también en el espiritual, como refleja su amor heroico al prójimo, la pureza de intención o la penitencia por la conversión de los pecadores.

Junto con esa caridad, otro de los grandes hitos por los que sería recordado será la Milicia de la Inmaculada, fundada en 1917 por él mismo para “ganar el mundo entero para Cristo a través de la Inmaculada, Madre de Dios y de la Iglesia”, según se lee en su página web.

Sin embargo, es menos conocido cómo pensaba el santo, por qué se desvivía, qué deseos podían mover al franciscano a poner en práctica las pretensiones más magnánimas o por qué acabó siendo enviado a la prisión de Pawiak en Varsovia y, en último término, al campo de Auschwitz.

Pero Kolbe fue mucho más que un mártir. Fue un católico marcadamente evangelizador, líder y gran divulgador ante la opinión pública de una doctrina frontalmente opuesta a las grandes ideologías de su tiempo. De hecho, combatir la indiferencia religiosa será el gran motivo que llevó a Kolbe a poner en práctica uno de sus objetivos más ambiciosos: cristalizaría en 1922, con el lanzamiento del primer número de Rycerz Niepokalanej (El Caballero de la Inmaculada), revista dedicada a la predicación en todas las naciones y que no tardó en alcanzar el millón de suscriptores. A día de hoy, la cabecera sigue activa

Junto a una cosmovisión marcadamente cristiana y en muchos aspectos enfrentada a la modernidad contemporánea, no se puede entender a Kolbe sin su matización. En muchos de sus textos expresa una diferenciación tan cristiana como es el pecador del pecado, el masón de la masonería o el hereje de la herejía, dirigiendo a los primeros una mano misericordiosa y mostrando su más contundente enfrentamiento a las segundas.

Rycerz Niepokalanej, El Caballero de la Inmaculada, se convierte en un poderoso reflejo de su persona. Un testimonio de lo que era Kolbe, de su pensamiento, de los motivos por los que era una voz incómoda para totalitarismos de un signo y otro y de su firme adhesión a una Iglesia que entonces era el principal bastión contra las ideologías.


Buena parte de los artículos, cartas, manuscritos y textos del mismo Kolbe se encuentran hoy recopilados en la edición digital de sus escritos promovida desde Niepokalanów. A través de estos documentos, recogemos algunos de los mensajes, intenciones, deseos y declaraciones más desconocidos del santo. Unos textos que descubren una faceta que trasciende el ya de por si heroico martirio y que reflejan en grado sumo la prudencia entre misericordia y justicia, entre la persona y el error.

1º Su objetivo, la conversión y santificación del mundo

En uno de los artículos que aborda la naturaleza de la Milicia de la Inmaculada, Kolbe describe una misión tan ardua como ambiciosa, “participar en la obra de conversión de pecadores, herejes, cismáticos, judíos, etc., pero sobre todo de masones, y en la obra de santificación de todos, bajo la protección y mediante la mediación de la Inmaculada”. 

De este modo, escribía el santo, el propósito de la Milicia de la Inmaculada es “el compromiso con la conversión de todos, en conjunto y de cada uno individualmente, de quienes la necesiten, y con la santificación de toda alma que viva actualmente y viva en el futuro sin excepción”. 

En el texto “Objetivo de Milicia de la Inmaculada”, Kolbe llega a equiparar las misiones de Asia y África con Occidente, llamando a “no olvidar a quienes viven entre nosotros y necesitan ayuda, al igual que los paganos”. En síntesis, la evangelización que buscó el franciscano fue literalmente universal: “Cuando todos los cismáticos y protestantes profesen la fe católica con profunda convicción, cuando todos los judíos que viven entre nosotros pidan voluntariamente el Santo Bautismo, se habrá logrado parte del objetivo de la "Milicia Inmaculada".



2º Enfrentar la masonería, en el origen de la Milicia

A lo largo del texto, no teme afirmar que, "aunque encubiertamente", los masones "son los cerebros de la mayoría de las manifestaciones generalizadas contra Dios, la Iglesia, la salvación y la santificación de las almas".

En palabras del mismo Kolbe, parece que la misma Milicia de la Inmaculada surge con una voluntad expresamente antimasónica. Así lo reflejó en su texto de 1935, Cómo comenzó la Milicia de la Inmaculada Concepción

“A medida que la masonería en Roma se volvía cada vez más osada —colgando su estandarte frente a las ventanas del Vaticano, colocando a San Miguel Arcángel a los pies de Lucifer en el estandarte negro de los giordano-brunistas y denunciando a viva voz al Santo Padre en panfletos— surgió la idea de fundar una asociación para combatir la masonería y otros siervos de Lucifer. Para averiguar si esta idea provenía de la Inmaculada Concepción, le pregunté a mi director espiritual de entonces, el padre Alexander Basile, un jesuita que era el confesor habitual de los ex alumnos del Colegio. Habiendo recibido garantías de la Santa Obediencia, decidí seguir adelante con el asunto”.

En otra carta explicativa sobre la Milicia de la Inmaculada, reitera que su creación se debió “a las acciones cada vez más manifiestas de los masones y otros enemigos de la Iglesia de Cristo” en la capital misma del cristianismo.


3º Evangelizador de masas

La firme oposición de Kolbe a algunas de las grandes corrientes ideológicas de su tiempo no suponía, sin embargo, un rechazo de la modernidad en cuanto a sus avances, técnica o medios de comunicación. De hecho, en un texto por él firmado cuando era estudiante, se refleja su fascinación al diseñar proyectos de telégrafos capaces de transmitir por escrito la voz humana. También figuran aparatos destinados a registrar sonidos.

Años después centraría buena parte de su apostolado en la prensa. Convencido de su potencial, Kolbe trató de emplearlos buscando revertir el error: “El primer paso para lograrlo es boicotear por completo la mala prensa; luego, apoyar la buena prensa”, formando escritores, creando publicaciones, bibliotecas, salas de lectura y llegando también a quienes no eran católicos. 

Tanto su participación en la prensa escrita como en la radio, a través de la emisora de Niepokalanów, no dejaban de ser la aplicación práctica de una de las máximas originales de la Milicia: servirse de “todos los medios lícitos” para procurar la conversión y santificación de las almas. De este modo, el mismo Kolbe que combatía el materialismo, el indiferentismo o la descristianización de la sociedad no pretendía evadirse de los avances de la modernidad, sino emplearlos para evangelizarla. 

En 1937, al cumplirse diez años de Niepokalanów, pudo dirigirse ya a los oyentes de la radio pública polaca y recordar cómo una revista nacida prácticamente sin recursos había dado paso a una obra editorial de cientos de miles de ejemplares, mientras el nombre de la Ciudad de la Inmaculada llegaba, según sus propias palabras, “por las ondas del éter” hasta “palacios y sótanos, edificios y casas de aldea”. 


4º Implacable contra la indiferencia religiosa

De los escritos de Kolbe se desprende también un fuerte rechazo del relativismo y defensa de la verdad. Algo que se observa desde escritos de juventud, como la carta dirigida a su hermano en 1919, cuando ya prevenía de que “la indiferencia es la mayor plaga de nuestros tiempos, y encuentra víctimas no solo entre laicos sino también entre religiosos”.

Veinte años después, bajo el peso de la prisión y la persecución y unos ocho meses antes de su martirio, Kolbe se mantenía incólume.

Lo reflejó en su escrito del 8 de diciembre de 1940, Verdad, donde abordaba la influencia de ese indiferentismo en las verdades religiosas y definía de inaceptable “la opinión bastante común de que toda religión es buena”.


“Es cierto que muchos de los que no reconocen ninguna religión, o son seguidores de una u otra, pueden sentirse libres de toda culpa ante Dios porque están completamente convencidos de que siguen el camino correcto. Pero en realidad, incluso en asuntos religiosos, solo puede haber una verdad, y quienes creen cosas distintas a como son en realidad están equivocados. Solo quienes juzgan según la verdad tienen verdadera fe”.

Tras una breve argumentación teológica, Kolbe apuntó al papado como la señal por la que cualquiera podría reconocer la Iglesia de Cristo entre cientos de confesiones cristianas. Para Kolbe, “solo aquellos que están en la Iglesia Católica universal siguen el verdadero camino y tienen la garantía de que si se esfuerzan fielmente por Dios de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, alcanzarán la felicidad eterna, e incluso la paz y la satisfacción terrenal”. 

5º Conmovido por la misa, la reverencia y la Eucaristía

Los textos de Kolbe muestran de principio a fin una profunda reverencia por la misa, por el esplendor y por la Eucaristía.

Algo que verbaliza al recordar su primera misa, celebrada el 28 de abril de 1918: “Después de la consagración, se me llenaron los ojos de lágrimas, pero tuve que contener mi emoción y recitar las oraciones del Canon junto con Su Eminencia el Cardenal. Después de la ordenación, regresé a casa -¡qué impresión!- Debo admitir que la Inmaculada se había dignado traerme hasta aquí”. 

La impresión de Kolbe no era sino el reflejo de su devoción eucarística, mostrando una profunda incomprensión frente a blasfemias y desprecios a la fiesta del Corpus Christi. “¿Por qué este esplendor que ofende a los protestantes, y por qué estas blasfemias? ¿Puede haber algún esplendor demasiado grande?”, se preguntaba en 1924

El esplendor del que hablaba no se limitaba al del Corpus Christi, sino al de toda celebración. Seis años antes, inmediatamente antes de su ordenación, parecía recordarse a sí mismo la importancia de esa reverencia durante unos ejercicios espirituales cuando remarcaba para sí: “Sé católico. Cuando te arrodilles ante el altar, que se vea que sabes ante quién te arrodillas”. 


6º Amaba al pecador, combatía el pecado

Una de las máximas cristianas más conocidas es la del odio al pecado y el amor al pecador. Y es lo que hace Kolbe a lo largo de un sinfín de textos en los que llama a profesar la misma caridad al prójimo que él mismo profesó en su martirio.

Una actitud que, sin embargo, no impedía al franciscano condenar con toda su dureza a los “enemigos” de Dios, de la Virgen o de la misma Iglesia. En sus propias palabras, se trataba de “lo que está contaminado, que no lleva a Dios, que no es amor; todo lo que proviene de la serpiente infernal o de la mentira, todas nuestras faltas, todos nuestros pecados”.

Algo que se menciona expresamente en una oración tan relevante para Kolbe como es la propia Consagración a la Inmaculada Virgen María, en la que se reza: “Utilízame también, si quieres, por completo, sin reservas, para cumplir lo que se dijo de ti: “Ella te aplastará la cabeza” [Génesis 3:15], y también: “Tú solo has destruido todas las herejías del mundo entero”.

En la explicación, Kolbe observa que “la Iglesia dice `herejías´, no herejes, porque los ama y, precisamente por ese amor, desea liberarlos del error de la herejía”.

Una distinción que hace igualmente al hablar de “la cabeza de la serpiente infernal” o “la masonería actual”. “No digo masones, pues son gente infeliz, sino sus aspiraciones, su organización, dirigidas contra Dios y la felicidad de las almas”, expresaba. 

Para Kolbe, la condena del error no solo era compatible con la caridad hacia quien lo sostenía, sino que precisamente esa caridad exigía desear liberarlo de aquello que era falso.


7º Destruir el socialismo reconociendo sus razones

Muchos escritos del santo revelan una profunda preocupación por la cuestión social y los desfavorecidos.

Uno de los textos más conocidos al respecto es La Iglesia y el socialismo, de 1923. En este texto, Kolbe ilustra su crítica al socialismo con el recuerdo de un campesino de Zakopane que, tras regresar de Rusia, celebraba la idea bolchevique de quitar sus bienes a los ricos.

El fraile le preguntó entonces qué ocurriría con su propia parcela y quién decidiría sobre su trabajo. El campesino terminó reconociendo que prefería conservar aquella pequeña propiedad y “hacer lo que quisiera, cuando quisiera y como quisiera”. Para Kolbe, la paradoja reside precisamente en que una revolución emprendida en nombre de la libertad podía acabar sustituyendo la dependencia económica otra mucho mayor, del Estado.

La crítica no le impedía lamentarse por las condiciones de los trabajadores e, incluso, comprender el surgimiento del socialismo como una reacción a una situación “en gran medida desfavorecida”.

Años después, Kolbe formularía como principio general una idea que encaja de lleno con este planteamiento a través de una inspiradora consigna a los jóvenes religiosos de Nagasaki en 1933. En ella, invitaba a estudiar “los movimientos antirreligiosos de nuestra época, sus orígenes, métodos, efectos”, y a hacerlo “distinguiendo en ellos lo bueno de lo malo, pues no hay otra forma más eficaz de destruir un movimiento maligno que reconocer lo bueno que contiene y aplicarlo inmediatamente a nuestra causa”.

Para Kolbe, “las omisiones” en este sentido tuvieron “consecuencias deplorables en México y España” y era precisamente eso lo que buscaba evitar.

“Las relaciones sociales se desarrollan y mejoran. Muchas cosas necesitan reparación, pero esta reparación jamás se logrará de una manera contraria a la verdad y a la naturaleza humana”, destacaba

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