Cristianismo judaismo e islam
Esta correlación entre las tres religiones abrahámicas no puede ser solo una intuición poética mía, pero tampoco responde a un esquema teológico clásico o sistematizado en la historia de la Iglesia, que yo sepa. Cedo la palabra a los doctores de la Ley.
Por lo que he leído, existe una amplia literatura comparada sobre el descanso semanal (el "Jumu'ah" musulmán, el "Sabbat" judío y el "Dominicus" cristiano), pero la asignación específica de la Fe al Viernes musulmán, como prueba de máxima confianza ante la muerte; la Esperanza al Sábado judío: la espera ilusionada y expectante del Mesías; y la Caridad al Domingo cristiano, o sea, el amor desbordante de la Resurrección, funciona, si me permiten la inmodestia, como una hermosa meditación simbólica propia.
Porque, sin duda, hay una misma música callada en la manera en que los hombres buscan a Dios a lo largo de la semana. Parece que el Creador, en su ternura infinitamente paciente, hubiese querido repartir entre sus hijos las tres joyas de la Gracia para que ninguno se quedase a oscuras en la travesía de este mundo. Pueblos que viven, por separado, en un espacio-tiempo distinto, las fases parciales o particulares de la Salvación, solapándose en el devenir de la historia de los hombres, y uniéndose en la Encarnación del Hijo de Dios.
El viernes amanece con un silencio sobrecogedor. Es el día musulmán, pero también la hora en que el Hijo del Hombre entrega su aliento sobre el madero. En este claroscuro donde todo parece perderse, cuando la razón humana tropieza y la noche se vuelve densa, nace la Fe más pura. La fe de quien, ante la muerte visible y el misterio insondable de la Voluntad Divina, postra la frente en la tierra y confía a ciegas. Es el asentimiento humilde del corazón que sabe que, aun en el abandono más absoluto, Dios sigue siendo el Único y el Grande.
Llega luego el sábado, la quietud profunda del Sabbat. Es el día del judío y el día del gran reposo del Señor en el sepulcro. Aquí el tiempo se detiene y florece la Esperanza. Es la virtud de los que velan, de los que guardan la memoria de las promesas y no se dejan vencer por el cansancio. El alma judía, como la Virgen Santísima en el Sábado Santo, mantiene encendida la lámpara en la penumbra, esperando con paciencia enamorada la llegada del Mesías, el amanecer que habrá de restaurar todas las cosas.
Y por fin, cuando despunta el primer día de la semana, irrumpe el domingo. Es el primer día de la semana, y Dios inicia la Nueva Creación, la Pascua que no conoce ocaso. Aquí ya no hay sombras: habla la Caridad, que es el Amor en plena acción. En el Domingo cristiano, la vida vence a la muerte no por un juicio severo, sino por un derroche de misericordia. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo abren las puertas del Cielo y se entregan sin reserva en el pan partido. Es el día de la alegría, donde la fe y la esperanza se abrazan para convertirse en un amor que ya no termina jamás. ¡Ojalá se abrazasen los musulmanes y los judíos! Pero, ya está dicho: viven en tiempos distintos y, salvo por milagro, no pueden encontrarse en este mundo.
Así pues, en el sutil engranaje de los días, la humanidad entera, incluso sin saberlo, va componiendo un himno continuo a la Santísima Trinidad: creyendo el viernes, esperando el sábado y amando sin medida el domingo. La misteriosa tragedia es que unos mueren solo confiando; otros, solo esperando; y otros... Otros deberían vivir amando siempre. Y amando a los enemigos.
Sin embargo, esto requiere también un gran milagro.
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