Cuando Satanás se asusta

 No consta en ninguna crónica histórica, naturalmente. Pero una perspectiva sobrenatural exige la escena.

Durante siglos, los cristianos de la antigua Hispania recuperaron palmo a palmo su tierra perdida. No fue una marcha triunfal: hubo derrotas, traiciones, luchas fratricidas y miserias humanas. 

Pero se dejaron hacer para llevar a aquellas tierras a Cristo, esparciendo cruces y sagrarios por la geografía y sembrando su presencia en los corazones, a veces a altísimo precio.

Así comenzó un fluir de cosas preocupantes. Preocupantes, quiero decir, para el príncipe de la mentira.

En núcleos de población que hoy parecerían diminutos levantaron, para envolver los sagrarios, preciosísimas catedrales de proporciones megalíticas. León, con pocos miles de habitantes, edificó aquella locura de piedra y cristal que aún 7 siglos después apacigua el alma y provoca admiración. Burgos, Toledo, Sevilla, Santiago… La tierra se llenó de agujas que apuntaban descaradamente hacia el Cielo. 

Todo pueblo tenía en su centro o en lo más alto su templo, a menudo de belleza y proporciones hiperbólicas. Siempre me ha parecido sobrecogedor. Habría mucho pecado, pero era el signo de una civilización cuajada por el amor de Dios.

Y no sólo construyeron iglesias. Fundaron universidades. Salamanca enseñaba ya metafísica mientras una gran parte del planeta aún vivía en el pensamiento mágico. De aquel espíritu surgían hospitales, monasterios, escuelas, cofradías y órdenes religiosas; se copiaban libros, se discutía sobre la dignidad de la persona, se componía música para gloria de Dios y se llenaban de santos los caminos.

Y llegó 1492. Los reinos españoles culminaron la Reconquista y, casi al mismo tiempo, unas pequeñas embarcaciones atravesaron el océano.

Debió ser un golpe muy bajo para el Maligno. España no se limitó a conquistar y oprimir, como era lo habitual. Pese a los pecados, abusos y contradicciones de toda empresa humana, llevó al otro lado del Atlántico una idea inspirada desde lo alto: aquellos hombres eran hijos del único Dios. 

Soberano, cacique, indígena, esclavo, mujer, niño, prisionero o enemigo comparten la misma naturaleza humana; creados por Dios y redimidos por toda la sangre de Cristo, poseen una dignidad que ningún conquistador debe alienar. Con los años y la ayuda de la Santísima Virgen, una gran mayoría fueron convertidos al Dios verdadero.


De aquella intuición nacieron las Leyes de Indias, las controversias de Valladolid y algunas de las primeras reflexiones sistemáticas sobre un derecho común a todos los hombres.

Para demostrar que no era sólo teoría llegaron misioneros por millares: franciscanos, dominicos, agustinos, mercedarios y jesuitas. Atravesaban océanos y selvas sin antibióticos, GPS ni billete de vuelta, con magnánimo don de sí, para grabar a fuego en los corazones que un carpintero crucificado en Jerusalén había salvado también a cada uno de aquellos hombres.

Mientras tanto, España, con apenas siete millones de habitantes —los que hoy tiene la Comunidad de Madrid—, derrochaba una generosidad inconcebible: combatía en frentes europeos y, en Lepanto, con el rosario en la mano y bajo el estandarte de Cristo, encabezaba la coalición cristiana que contuvo la expansión otomana en el Mediterráneo.


Desde una mirada sobrenatural de la historia, resulta fácil imaginar a Lucifer contemplando aquello y pensando: esto se me ha ido de las manos.

Como destruir desde fuera no bastaba, urdió algo más eficaz: que los españoles se destruyeran desde dentro. Preparó el caldo de cultivo por fuera y por dentro y, con los siglos, llegaron las divisiones de Europa, la Reforma protestante, las guerras religiosas y políticas, las rivalidades dinásticas, el anticlericalismo y los nacionalismos.

Después llegaron ideologías que prometían sin Dios el paraíso en la Tierra. Entre ellas, un socialismo que en España confundió demasiadas veces la justicia social con el combate contra Cristo y vio en cristianos, sotanas, conventos, crucifijos, imágenes, estatuas, campanarios y sagrarios obstáculos que aniquilar.

Y, acompañándolo todo, una formidable operación de marketing: la Leyenda Negra, que políticos y medios han logrado que nos traguemos como tontos.

Otros pueblos recuerdan sus victorias y disimulan sus atrocidades. Nosotros hacemos algo más sofisticado: olvidamos nuestras grandezas y celebramos nuestros pecados con leyes destructivas, documentales y películas falseados, todo pagado por el contribuyente. Una profecía de lo woke.

Llegó el siglo XIX, especializado en pegarse un tiro en cada pie: invasiones, pronunciamientos, guerras carlistas, revoluciones, expulsiones de religiosos y quema de conventos.

El XX perfeccionó el procedimiento. Otra vez españoles contra españoles, iglesias incendiadas y sacerdotes, religiosos y laicos asesinados por odio a la Fe. Un odio al que le hubiera gustado borrar la historia para siempre.

Finalmente, en el siglo XXI ha cuajado una situación inédita para España: una sociedad riquísima materialmente pero paupérrima espiritualmente. Capaz de salvar una ballena atrapada en una red —cosa admirable— y discutir si un ser humano concebido merece vivir. Capaz de llamar progreso a eliminar límites, vínculos, tradición, naturaleza y hasta la propia identidad; y después sorprenderse ante generaciones solas, desorientadas, ansiosas, profundamente incultas y espiritualmente arrasadas, fuera y dentro de la Iglesia.

Con un poder político que se cree con superioridad moral pero profundamente corrupto y que no se conforma con administrar carreteras e impuestos: decide cómo educar, qué significa ser hombre o mujer, qué pensar o creer y qué episodios de nuestra historia podemos abominar o contemplar con orgullo.

Así, una frontera española como Ceuta puede sufrir la entrada masiva de decenas de miles de personas, pastoreadas sin escrúpulo y arrojadas como “arma biológica”, mientras asistimos al espectáculo de un Estado que necesita días, informes, filtraciones y discusiones semánticas para no hacer nada, olvidando que la primera obligación de una nación es defender su territorio y a las personas que en él habitan.

El espíritu que movió la Reconquista, impulsó Lepanto y convirtió un continente ha sido expulsado de los corazones, tan lejos que nos produce repelús recordarlo. En el fondo, por haber arrancado del alma certezas fundantes y preferir un plato de bravas en una terraza a jugarse la vida por el Amor Verdadero. Nos pasa a todos: nos hemos emasculado lentamente sin gritar ni un poquito.

Satanás podría estar satisfecho, pero cometería el error de siempre: creer que Dios depende de ministros, sínodos, parlamentos, mayorías sociológicas, presupuestos o del papa de turno. Pero no…

El cristianismo comenzó con doce hombres asustados, incultos e ineptos, encerrados en una habitación. Tres siglos después, los emperadores que los perseguían a muerte habían desaparecido y sobre la Roma invencible se levantaban basílicas.

España puede haber olvidado quién es. Pero debemos estar convencidos de que Dios no lo ha hecho.

Quizá sea hora de dejar de llorar por la cristiandad perdida y retomar con decisión su Espíritu, porque Dios no tiene fecha de caducidad. 

Primero en nuestras casas; después en familias, escuelas, parroquias, universidades y lugares de trabajo. También en las urnas. Sin nostalgia estéril, sin miedo y sin pedir permiso a nadie.

Porque frente a los poderes del mundo permanecen las dos promesas que el infierno conoce perfectamente: el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María.

Por eso, después de pensarlo mejor, quizá Satanás, ese perro encadenado, debería seguir ac*j*n*d*.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La mentira está admitida en el Corán

El apoyo de los católicos al Israel moderno

La izquierda pierde su supuesta superioridad moral