España evangelizadora del Nuevo Mundo

 Cuando hay que descubrir un Nuevo Mundo… cuando hay que consumar la maravilla de alguna nueva hazaña, los ángeles que están junto a su Silla, miran a Dios… y piensan en España” (José María Pemán). 

Ciertamente, Dios confió a España uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia: el descubrimiento de América, ocurrido el 12 de octubre de 1492, cuando Cristóbal Colón, al servicio de los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, emprendió la expedición que habría de cambiar para siempre el curso de la historia. A partir de entonces, España —con su espada al servicio de la cruz— emprendió la gran hazaña de integrar a los diversos pueblos que habitaban aquellas tierras inmensas, uniéndolos en torno a la misma fe. 

Porque la obra de España en América fue fruto del catolicismo, como afirmase el Cardenal Gomá y Tomás: “Aquí está el hecho, colosal. Al siglo de empezada la conquista, América era virtualmente cristiana. La Cruz señoreaba, con el pendón de Castilla, las vastísimas regiones que se extienden de Méjico a la Patagonia; cesaban los sacrificios humanos y las supersticiones horrendas; templos magníficos cobijaban bajo sus bóvedas a aquellos pueblos, antes bárbaros, y germinaban en nuevos y dilatados países las virtudes del Evangelio. Jesucristo había triplicado su reino en la tierra.” 

Desafortunadamente, la leyenda negra, originada en el siglo XVI por los enemigos del imperio español, prevalece hasta nuestros días. Pues, dicha propaganda antiespañola y anticristiana —elaborada en buena medida mediante la selección parcial de los hechos, la difusión de medias verdades, calumnias y exageraciones— no sólo atribuye a España y a la Iglesia crímenes inexistentes, sino también varios de los crímenes cometidos, en ese tiempo, por otras potencias europeas. Al mismo tiempo, oculta y silencia, deliberadamente, el carácter excepcional de la empresa española en América. Con ello han logrado que, los hijos de España —de uno y otro lado del Atlántico— distorsionemos nuestras más bellas gestas, despreciemos a nuestros grandes héroes y reneguemos de un pasado que debería enorgullecernos. 

Pues si bien es cierto que hubo injusticias y atropellos, por parte de algunos españoles, es importante señalar que éstos fueron crímenes personales que se cometieron en contra de las leyes de protección de los indios que expidió la Corona con gran rapidez. Pues si algo se le puede atribuir a España y sólo a España, es que ésta fue la primera nación —y prácticamente la única— que reconoció los derechos y la dignidad de los vencidos. No en balde Taine afirmó: "Hay un momento superior en la especie humana: la España desde 1500 a 1700." 

De ahí que, con la Real Cédula de 20 de junio de 1500, la gran Reina Isabel la católica decretase la prohibición de la esclavitud de los pobladores del Nuevo Mundo a quienes otorgó, además, la condición de súbditos de la Corona. En 1503 se declararon los matrimonios mixtos —entre español e indígena— no solo legítimos sino recomendables lo cual dio pie a un rápido mestizaje. Asimismo, las leyes de Burgos (1512) —fruto de un arduo trabajo de teólogos y juristas— regularon y protegieron la vida social, económica y laboral de la población indígena por lo que se consideran la primera declaración de derechos humanos. A la muerte de los reyes católicos, sus sucesores, Carlos V (1516-1556,) y, posteriormente Felipe II (1556-1580) promulgaron nuevas leyes y ordenanzas a fin de mejorar el gobierno de las nuevas y extensísimas tierras en las que —a pesar de los errores inherentes a toda empresa humana—- prevaleció la justicia y las normas cristianas. Como afirma el historiador Lewis Hanke: “La conquista de América por los españoles no fue solo una extraordinaria hazaña militar en la que un puñado de conquistadores sometió todo un continente en un plazo sorprendentemente corto de tiempo, sino, a la vez, uno de los mayores intentos que el mundo haya visto de hacer prevalecer la justicia y las normas cristianas en una época brutal y sanguinaria”. 

Que aquella fue una época brutal y sanguinaria resulta particularmente evidente en el caso de varias de las tribus indígenas del Nuevo Mundo. Estas, lejos de cohabitar pacíficamente —de acuerdo con el mito del noble salvaje— tenían la guerra como principal actividad. Ya que de ella obtenían esclavos, muchos de los cuales eran sacrificados cruelmente a sus sanguinarios dioses. 

Asimismo, muchas tribus practicaban el canibalismo y el infanticidio y, algunas otras tenían la costumbre de comerciar con sus hijos, especialmente con las mujeres. Tal fue la crueldad y el sadismo de los más importantes pueblos indígenas —entre los cuales destacan el azteca y el inca— que los conquistadores, hombres curtidos en cruentas batallas, quedaron horrorizados ante sus costumbres. Asimismo, varios pueblos indígenas —hartos de la opresión y de la crueldad de los pueblos dominantes— se aliaron con los españoles en su lucha contra éstos. Asimismo, la leyenda negra ha difundido la imagen de unos frailes intolerantes, crueles y despiadados que, —con siniestros fines— amenazaban a los indígenas con el fuego infernal. Sin embargo, fue la bondad, la humildad y la caridad lo caracterizó a aquellos misioneros —hombres de gran virtud— cuyo principal objetivo fue la salvación de las almas de los nuevos hijos de España. Porque España, evangelizadora de medio mundo, ganó batallas con la espada, mas conquistó voluntades y salvó almas con la Cruz. Como escribió José María Pemán: 

“Anchar la Cruz redentora es el oficio de España, que con afán y dolor, tira y tira de sus brazos porque quepan los pedazos del mundo todo en su amor”. 

Lamentablemente, aún hoy, son muchas las personas que sostienen que España saqueó los territorios que conquistó. Sin embargo, para refutar tan grande calumnia basta con ver: las ciudades con sus catedrales, iglesias, palacios, universidades y hospitales que se comenzaron a construir, desde las primeras décadas, de la llegada de los españoles a América. De hecho, España dejó un territorio mucho más rico, próspero, justo y apacible de lo que encontró. No es casual que muchos indígenas, negros y mestizos combatiesen, al lado de los españoles, en las luchas conocidas como las guerras de independencia. 

Aprovechemos este mes de octubre, mes en el que celebramos la hispanidad, para conocer nuestra extraordinaria historia. Una historia escrita bajo el amoroso abrazo de la Cruz redentora que trajo libertad, dignidad y un renovado rostro a los pueblos que, alumbrados con la luz del evangelio, dieron origen a un Nuevo Mundo. 

No olvidemos nunca que la América española es hija de la España cristiana, de la España eterna e inmortal llamada a descubrir, a conquistar —y a reconquistar cuando es necesario— mundos para Cristo. Pues solo así podremos recuperar, en palabras de Maeztu: esa “unidad espiritual fundada en la idea católica del mundo y en la dignidad del hombre” que es la Hispanidad. 

¡Viva España! ¡Viva la América Española! ¡Viva la Hispanidad!

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